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Los Tres Niveles de la Gran Obra


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LOS TRES NIVELES DE LA GRAN OBRA

-EL PROCESO DE LA ALQUIMIA-

 

 

Los textos alquímicos dividen al trabajo en tres o cuatro fases esenciales: "El trabajo de ennegrecimiento", la Nigredo o melanosis, el "trabajo de blanqueado, el Albedo o leucosis y, finalmente, el "trabajo de enrojecimiento" (Rubedo), el cual los alquimistas separaron en dos momentos complementarios, el del oro(citrinitas o xantosis) y el de la púrpura o transmutación del veneno (Iosis). 

Aquí veremos los Tres Niveles principales desde distintas perspectivas, a traves de 6 textos de diversos Alqumistas. El propósito de este tema es clarificar las características de cada uno de los niveles de la Gran Obra.

 

Estos textos son fragmentos de:


 


 

 

 

 

"Alquimia: El Yoga cosmológico", Maurice Aniane

 

El trabajo de ennegrecimiento

 

 


"El trabajo de ennegrecimiento" es considerado la más difícil de las operaciones, en comparación con la cual, las otras etapas parecen ser "tarea de mujeres" o "juego de niños". A través de él el hombre se separa a sí mismo de las apariencias y se deja sumergir en la naturaleza cósmica femenina, en el poder total el cual él desea despertar y dominar. El trabajo del ennegrecimiento es así al mismo tiempo una muerte, un matrimonio(o mejor, un parto al revés)y un descenso en el infierno. "Un ser se libera a sí mismo de la muerte a través de una agonía en la que es sometido a una vasta impresión de angustia, y esta es la vía mercurial". El trabajo del ennegrecimiento, que prepara a mercurio, esto es, la materia sutil del mundo, preséntase como la muerte a la ilusión cósmica, en la cual las aguas mercuriales son, por así decirlo, "congeladas". Por esto los textos lo llaman "separación" o "división". El hombre se aparta a sí mismo de su existencia separada; él extrae su fuerza vital de las atracciones del sueño y la agitación". Dolorosamente, quietamente, él se recoge en sí mismo como agua quieta. Él retrotrae a mercurio a su estado de posibilidad indeterminada: éste es el "regreso a la MATERIA PRIMA". Hace lo mismo con las substancias que él maneja en su percepción de las cosas: revirtiendo el proceso cosmogónico del Génesis él disuelve la tierra endurecida en la unidad del agua primordial. A través de la discretio intelectualis, él distingue la presencia de fuerzas sutiles y de arquetipos en medio del Universo. Él descubre la NATURAE DISCRETAE, la naturaleza real de las cosas, aquél "fundamento interior latente" del cual habla Geber y el cual uno podría llamar la "cantidad" del alma del mundo que cada cosa ha tomado para sí misma. Por tanto percibe a la naturaleza y a su cuerpo como un intercambio cósmico sobre el cual ya no se proyecta la ilusión de la individualidad. El descubrimiento de este intercambio es un matrimonio en el cual la femineidad cósmica prevalece sobre la objetivación masculina. Es una disolución liberadora que retira a la fuerza viril de sus modos separativos de acción y del conocimiento para bañarse en las aguas bautismales de la vida universal. En el diagrama de los centros sutiles de Gichtel, Saturno tiene que unirse a la Luna y Júpiter a Mercurio. Saturno es plomo, la concreción del espíritu del peso: será así pues sobretodo el símbolo de una cierta forma de ver el mundo, aquella visión particular que fija las apariencias en su opacidad y separación, y que mantiene al hombre en su ilusión de estar despierto, mientras que en realidad es sólo un sonámbulo poseído por un "sueño de plomo". Gichtel clarifica esta perspectiva situando al centro saturnino en el cerebro y atribuye a él, siguiendo a Macrobio, el RATIOCINATIO. Por esto Saturno tiene que ser "disuelto" en el centro lunar, situado en la región sacra y representando a PHUSIKON, la totalidad de las energías vitales. Y Júpiter(*)a PRAKTIKON, la vis agendi, la voluntad de poder, que debe ser "disuelta en el Mercurio", aquélla "imaginación" femenina que ve a la naturaleza como el escenario de un sueño, quizás el sueño de Dios. (**) Este matrimonio en el cual lo masculino es disuelto es descrito a menudo como un parto a la inversa. Así como en el proceso cosmogónico de generación del alma esta es "coagulada" en la mente humana, así en el proceso de regeneración, que pudiera ser "teogónico", lo mental debe ser reabsorbido en la potencialidad del alma. El hombre entra al útero de la mujer y allí es disuelto. Pero este retorno a la potencialidad empieza con un regreso a la oscuridad, con un descenso en el infierno; el caos de la "materia" es oscuro en tanto a que su contenido no ha sido abierto: él florece espontáneamente en la flor venenosa del mundo; el hombre ha rechazado el encanto de esta flor; él debe incorporar en sí la fuerza que la hizo florecer para hacer posible su conversión en una nueva flor, pura y noble, que acogerá nuevamente el fuego divino. El alquimista, por ende, desciende en las profundidades de la "materia", esto es, en las profundidades de la vida. Él procede a despertar la "femineidad mercurial interior" que yace dormida en la raíz de la sexualidad cósmica, de modo de hacerla la fuerza de regeneración. En el deseo que da nacimiento a los metales en la matriz de la tierra y al niño en el vientre de la madre opera un ansia de inmortalidad. Pero en tanto como deseo está orientado al exterior, la inmortalidad es fragmentada en el tiempo, es objetivada en la cadena de generaciones. El nacimiento exterior "sincopa", por así decirlo, el nacimiento eterno, lo corta. Como Evola dice: "La Heterogénesis reemplaza la autogénesis". El alquimista rehusa alejarse de su misterio: Él entra en él. Él lo comprehende, esto es, "toma en sí mismo" el deseo que liga en todos lados al azufre con el mercurio; él le obliga a desear a Dios. "VISITA INTERIORA TERRAE RECTIFICANDO OCCULTUM LAPIDEM". Al describir el "descenso en el infierno" resumido en la palabra VITRIOL, la alquimia ha preservado símbolos muy antiguos: ella habla de un viaje nocturno bajo el mar, en el cual el héroe, comparado a menudo con Jonás es tragado por un monstruo. Pero el vientre del Leviatán tórnase una matriz: Se forma un huevo alrededor del hombre aprisionado; es tan extremadamente caliente que el héroe pierde todo su cabello; expelido por el monstruo él sale del mar primordial calvo como un bebé recién nacido. (*)Centro masculino de la voluntad, localizado en la región frontal. (**)Centro femenino de la imaginación, localizado en la región umbilical. Él, en efecto, a vuelto a nacer, y cada detalle del simbolismo está cargado con significado: el mar mezclado con la noche es la oscura MATERIA, la humedad del mercurio. El monstruo es Ouroboros, el guardián de la energía latente, análoga a la serpiente de Kundalini en la doctrina Tántrica. Finalmente el calor es el de la pasión: la victoria del héroe consistirá en hacerlo un calor de "autoincubación", un fervor de renovación; entonces el mundo no es más ya una tumba sino u a matriz, y el héroe, fertilizándose él mismo, tórnase el huevo del cual él renacerá. 

El trabajo del blanqueado
 
En el "trabajo del blanqueado" el alquimista despliega, elevándolas, las potencialidades de la MATERIA cuya fuerza acaba de capturar(uno podría decir que él abre su dimensión "satwica"). Él en realidad las descubre no en su estado de oscuridad sensoria sino en su sutil luminosidad, en la transparencia de un psiquismo humano- cósmico purificado, a través del cual la luz del intelecto se filtra más y más. Mientras el hombre ordinario conoce los elementos sólo en su aspecto "telúrico"(debido a que él los conoce a través de sus sentidos terrenos- hechos ellos mismos de tierra-) el alquimista percibe directamente su substancia "anímica", una vez que los "espíritus" de tierra, agua, aire y fuego le han sido revelados, él comprende el "lenguaje de los pájaros". Él "rectifica" estos espíritus ambiguos, los reabsorbe en sus prototipos angélicos, los torna a Dios. El alquimista cuya alma es el lugar de esta exaltación ve a la naturaleza desde dentro, en su inmaculada concepción, por así decirlo. "El Paraíso está aún en la Tierra, pero el hombre está lejos de él, en tanto no se ha regenerado a sí mismo". En el simbolismo vegetal, empleado frecuentemente por la alquimia, el trabajo del blanqueo corresponde al irrumpir de la primavera: luego del oscuro invierno todos los colores se manifiestan en una profusión de flores mas se mezclan, poco a poco, en la blanca ofrenda de una Lila. En el simbolismo animal, mientras el trabajo del ennegrecimiento se relaciona al "vuelo del cuervo", el trabajo de blanqueo empieza con el despliegue de la "cola del pavoreal" (PAVONIS) y es completado en la visión paradisíaca de un cisne blanco navegando sobre un mar plateado. Finalmente, en el reino mineral, que es con propiedad el del alquimista, el trabajo de blanqueado es un "bautismo", un "lavado" que purifica la substancia metálica y la cristaliza como plata, "nuestra plata viva", que es pura, sutil, luminosa, clara como agua de fuente, transparente como cristal y libre de mácula. "Así el trabajo de blanqueado ha llevado al alquimista del negro- que de acuerdo al análisis de F. Scuon representa el "no-color", la raíz de todas las "formas" coloreadas- al blanco, que es el "supra-color", la síntesis de todas las formas y la promesa de transformación espiritual. En la representación de Gichtel la Albedo parece corresponder al "matrimonio de Marte y Venus", esto es, a la unión del centro masculino situado inmediatamente arriba del corazón(en la región de la laringe), con el centro femenino, situado inmediatamente bajo de él(en la región lumbar). Aquí Venus es la diosa del amor divino, no del amor erótico; ella es la "Venus celestial", amantemente receptiva a la presencia espiritual. Uno empieza a ver el rol que estos conceptos deben haber jugado en la veneración medieval de la Señora, especialmente si recordamos que la alquimia adoptó a menudo el simbolismo de la "búsqueda" que siempre culmina en una imagen "femenina" del alma del mundo: El vellocino de oro o el cáliz del Santo Grial. También vemos cómo estos conceptos son lo opuesto de cualquier búsqueda de placer erótico, debido a que ellos conciernen sólo al restablecimiento, tanto en la naturaleza como en el hombre, de un estado de casta sumisión a la voluntad divina, a un estado virginal. La alquimia ve al verdadero Héroe, "el hijo del cosmos" y "salvador de macrocosmos" como hombre que es capaz de ofrecer una alma virgen al abrazo del espíritu trascendental. 

El trabajo de enrojecimiento

En la forma perfecta del alma ofrecida como cáliz, en la flor cristalina donde la materia está en éxtasis, el espíritu repentinamente arde en llamas. Y el oro aparece, la conciencia solar de la omnipresencia, el AUREA APPREHENSIO. Que no halla error: Del fuego de que se habla en estos textos, no es(o no es solamente) uno de los elementos. Es el fuego que está "super omnia elementa" y que actúa"ineis"- una de las lenguas de fuego del Pentecostés. La XANTOSIS- la aparición del oro- la cual marca el principio del "trabajo rojo", implica una intervención directa de un poder trascendente, de un contacto entre la vida cósmica y su polo supraformal. En la ilustración de Gichtel, el dragón que cubría el corazón y restringía su radiación a tocar solamente objetos de afirmación individual, renace luego de ser "disuelto" en la pureza virginal del alma y es transfigurado mediante este contacto con lo divino: su propia energía "rectificada" da nacimiento al oro, a la visión solar de unidad. Luego, son celebrados el "incesto filosófico" y la gran hierogamia de la NUPTIAE CHYMICAE: El Sol se une con la Luna, el azufre "fija" a mercurio; en el hombre el espíritu restaura la vida y la hace fructífera. Este es el encuentro ceremonial del Rey Rojo y la Princesa Blanca. El Rey es coronado en oro, vestido de púrpura sostiene una lila roja en su mano. La Reina es coronada de plata y sostiene una lila blanca. Cerca de ella un águila blanca ha levantado el vuelo, un símbolo de la "sublimación" mercurial que debe ser fijada por la ahora benéfica fuerza del azufre, simbolizado por el León dorado que camina cerca al Rey. La realización alquímica en efecto es esencialmente un "hacer carne" relacionado a la santificación del arte y de la autoridad social; ella no escapa del mundo sino que busca que iluminarlo: es de hecho una "realización Real" que demanda "fidelidad a la tierra" y, luego del ascenso extático del "trabajo de blanqueado", el "descenso" que hace del hombre el SALVATOR MACROCOSMI. El simbolismo que enfatiza la necesidad de este "retorno" es tan profuso que es asombroso. La vasija en la cual es efectuado el trabajo debe permanecer "herméticamente" sellada, de modo que la parte sutil del compuesto, llamada "el ángel", no pueda escapar, sino que será forzada a condensarse nuevamente y a descender una y otra vez hasta que el residuo es transformado. Dentro del cuerpo visible reside un cuerpo espiritual que Boehme compara con un "aceite" que debe ser inflamado de modo que pueda convertirse en una "vida de alegría, exaltada por todo". La alquimia enfatizó a la larga y sobre todo la heroica virilidad que el trabajo debe hacer surgir. El alquimista es un "héroe solar" quien debe hacer del IOS, del veneno de vida, el elíxir de longevidad, él es el "señor de la serpiente y de la madre", "él ata las manos de la virgen, aquél demonio elusivo, él transforma las aguas torrenciales en piedra vivificante, él subordina a la naturaleza que se deleita en sí misma en naturaleza que es capaz de sobrepasarse a sí misma". A través del logro, como hemos dicho, de una cosmogonía más elevada, él confiere a la sexualidad cósmica la nobleza de un amor liberador: amor del hombre por la mujer a quién desea guiar hacia su perfección, del artesano por las materias cuya secreta belleza él libera; del Rey para con su pueblo que él sostiene en la realización de los "pequeños misterios" esto es, en la transmutación, a través de toda la actividad humana, del orden cósmico en una liturgia. Por eso es que sería mejor traducir RUBEDO como "trabajo en la púrpura" mas que "trabajo en el rojo". La púrpura resulta de la unión de la luz y la oscuridad, una unión que marca la victoria de la luz. La púrpura es el color real. Es también, de acuerdo a Suhrawardi, el color de las alas del arcángel que preside el destino de la humanidad; cuando quiera un hombre sabio descubre la sacralidad de todas las cosas el arcángel ha enterrado una de sus alas con sombra; el "silente", por su sola presencia, trae el ala blanca junto a la negra y las une en la púrpura. En el diseño de Gichtel el primer movimiento hacia el corazón, que es percibido como una purificación interior, es sucedido por un movimiento inverso de unificación exterior. Y esta vez los centros masculinos absorben a los centros femeninos. El Sol es proyectado sobre Venus y la transforma en Marte, penetrando la energía animal y volviéndola hacia la guerra santa interior. Marte, a su vez, fija a Mercurio de modo de extraer Júpiter de él; Júpiter el Rey que dispensa justicia bajo el árbol de la paz: El espíritu penetra el sueño vegetal y transforma la pesadilla del mundo en el sueño de Dios. A través de Júpiter el Sol desciende en la fuerza radical del agua, de la luna, y del sexo, en la noche en la que está envuelta para que pueda ser recibida por las criaturas. La fecundidad transfigurada: ya no transmite otra cosa sino la vida. Este es un otoño eternizado, la aparición del hombre fructificado. Finalmente, surge un Saturno regenerado. De allí el Dios de la Edad de Oro: el plomo es transformado en Oro, la conciencia del alquimista penetra el sueño universal, en las piedras como en los huesos, regresando a la enseñanza cabalística relativa a la LUZ, al "huesillo" que "resiste al fuego", y cuyo cuerpo germinará otra vez en la "resurrección de la carne", el alquimista logra el éxito al santificar su cuerpo despertándole del sueño en la muerte el Dios que duerme en la piedra de los huesos. "Tal es el secreto que concierne a la tiza, la cal todopoderosa, el elemento titánico: es el cuerpo incorruptible, el único útil. . . quienquiera lo haya hallado triunfa sobre la privación, esto es, sobre la ausencia de Dios. Como el apokatastis de la pesantez, la transfiguración de Saturno es la transfiguración de un Titán: De ahora en adelante la presencia silenciosa del alquimista es una bendición sobre todos los seres, el secreto rey, el ser central consciente que relaciona el cielo y la tierra y asegura el buen orden de las cosas. UNUM EGO SUM ET MULTI IN ME: Él es un hombre muerto que trae la vida. Muerto a sí mismo, tórnase nutrición inexaustible, en él opera el misterio de la "multiplicación" y el "aumento". Él es la "panacea", el "elíxir de vida", el oro bebible". De la piedra crística con la que está identificado fluye una tintura roja y blanca que conforta el alma y el cuerpo. Él es el fénix de cuyas cenizas una gran bandada de pájaros alza vuelo. 

 


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"Alquimia", Titus Burckhardt

Hay varias divisiones en la obra alquímica, cada una de las cuales representa una
simplificación esquemática del proceso erí sí. Sin embargo, todas ellas son correctas, porque expresan la lógica interior de éste. Sin duda la división más antigua es la que designa las frases o etapas de la obra con colores, y posiblemente se deriva de un determinado proceso metalúrgico, como la limpieza y coloración de un metal. Sigue el ennegrecimiento (melanosis, nigredo) de la materia o de la «piedra», el blanqueo (leucosis, albedo) y, por último, el enrojecimiento (iosis, rubedo).

Negro es ausencia de color y de luz; blanco es pureza, luz íntegra que no se ha quebrado en colores; rojo es la esencia del color, su punto culminante y su fuerza máxima. Este orden resulta aún más lógico si entre el blanco y el rojo se intercala una serie de tonalidades intermedias, como el amarillo limón, el ocre y el rosa, o cuando se habla de todo un abanico de colores que va abriéndose poco a poco. El rojo púrpura real es siempre el que cierra la serie.

Es curioso que los tres colores básicos –negro, blanco y rojo (que con tanta frecuencia se dan en la heráldica, donde se observa también la influencia hermética)– designen, en la cosmología hindú los tres movimientos básicos (gunas) de la materia prima (prakriti), a saber: el negro se asocia al movimiento que se aparta de la luz original y que simbólicamente se dirige hacia abajo (tamas); el blanco representa la ascensión hacia la luz del origen (sattva), y el rojo señala la tendencia a la expansión en el plano de la manifestación misma (rajas). Si se transfieren estos significados a la obra alquímica, nos sorprende que sea el rojo y no el blanco el color que represente el resultado final, mientras que la doctrina hindú del Cosmos se funda en que, primero, tamas, la fuerza descendente, se ancla en la oscuridad; luego rajas, al extenderse en sentido horizontal, desarrolla la pluralidad, y, por fin, sattwa sube como una llama blanca y luminosa y lo devuelve todo a su origen.

Sin embargo, precisamente los tres colores alquímicos en la cosmología hindú indican con claridad el punto de vista de la alquimia y el alcance de su simbolismo. Tras la «espiritualización del cuerpo» que, en cierto modo, representa el blanqueo y que sigue al ennegrecimiento o putrefacción, se produce, al fin, la «corporeización del espíritu», con su color de púrpura real. El mismo ritmo puede transferirse también a otros modos de realización espiritual; sin embargo, es característico que el acento recaiga siempre en la manifestación del espíritu y no en la extinción de la existencia limitada.

Con la putrefacción, fermentación y descomposición total, que se produce en la oscuridad, se sustrae a la materia su forma anterior; mediante el blanqueo, se limpia y purifica, y por el enrojecimiento se le da nuevo color, y en este caso, color significa forma. La fuerza purificadora es el mercurio, la colorante, el azufre.

La trisección por colores no excluye la bisección por obra «menor» y obra «mayor», ésta refleja la dualidad ya descrita de materia y forma, alma y espíritu, Luna y Sol.
Tanto la trisección como la bisección reaparecen en la séptuple graduación de la obra según las «dominaciones» de los planetas y las propiedades de los siete metales.
Se dan interpretaciones principales a esta séptuple graduación: en un caso, la obra «menor» y la obra «mayor» están entrelazadas, de manera que plata y oro, Luna y Sol, formando pareja, constituyen el término de la serie, mientras que los restantes planetas o metales se sitúan según su grado de nobleza o de parentesco con el Sol o el oro. Este orden corresponde a la posición de las mansiones planetarias que hemos visto en el capítulo «Planetas y metales».
Su patrón es, pues, el camino ascendente del Sol que parte de su posición más baja en la mansión de Saturno, el primitivo solsticio de invierno, para llegar a su plenitud en la mansión de Leo, que antiguamente señalaba el solsticio de verano. En el otro caso, la obra «menor», que culmina en la Luna, precede a la obra «mayor» que es coronada por el Sol. Esta última versión, mencionada por Filaletes, Bernardo
Trevisano, Basilio Valentino y otros alquimistas y que, por su mayor expresividad, examinaremos más detenidamente, se presenta así:


 

 

mercurio---saturno--júpiter----luna---venus----marte--sol

mercurio-- plomo----estaño---plata---cobre---hierro---oro


El signo de Mercurio, que precede a todos los demás, no representa aquí una de las etapas de la obra, sino la clave del conjunto, de modo que la obra en sí consta sólo de seis fases, representadas, las tres primeras, por signos lunares, y las tres últimas, por signos solares. Sólo el signo de Mercurio, formado por el Sol y la Luna a la vez, es andrógino. Ya hemos dicho que el mercurio representa para el alquimista el primus agens, el auténtico medio para la obra, el agua que todo lo disuelve y el alimento del feto espiritual. Es a un tiempo, por así decirlo, la representación más inmediata de la materia prima y el fino hálito vital que enlaza el organismo individual psiquicocorporal con el cósmico mar de la vida. En él está el germen del oro espiritual, lo mismo que el oro está oculto en el mercurio ordinario.

Si transferimos el ejemplo al orden «operativo» de la mística propiamente dicha, en este lugar se hallaría el influjo espiritual, es decir, que la Gracia o ese especial efecto del Espíritu Santo penetra en el mundo aparentemente cerrado de la conciencia individual y disuelve su «cristalización» metálica. Volviendo a la alquimia, el mercurio podría llamarse «la bendición cósmica», que, como dice fra Marcantonio, «cual una bruma que bajara del Cielo; impregna los poros de la Tierra», son los poros los que impiden que los cuerpos sólidos se congelen y se asfixien; a través de ellos respira la Tierra, del mismo modo que el hombre vive si se mantiene permeable a los influjos celestiales que están en la Naturaleza.

Concuerda con la atribución al signo de Mercurio de la clave de toda la obra el papel
desempeñado en los misterios órficos por el dios Mercurio o Hermes: el emisario de los dioses conducía a las almas, después de su muerte corporal o mística, a través de los reinos de las sombras, hasta sus lugares de residencia permanente.
---La primera etapa de la obra «menor», dominada por Saturno, corresponde al «ennegrecimiento», la «putrefacción» y la «mortificación». Se representaba generalmente por un cuervo, una calavera y, a veces, una tumba. De esta etapa de la obra dice Basilio Valentino: «Toda la carne que ha nacido de la tierra será destruida y vuelta a la tierra, y volverá a ser tierra, como tierra había sido. Entonces, la sal terrena provocará un nuevo nacimiento, mediante el hálito de la vida celestial. Y dondequiera que en un principio no hubiera estado la tierra, no puede haber un renacimiento según nuestra obra. Porque la tierra es el bálsamo de la Naturaleza y la sal de aquellos que buscan el conocimiento de todas las cosas.»

En el principio de toda realización espiritual está la muerte, una muerte para el mundo: la conciencia debe ser extraída de los sentidos y vuelta hacia dentro, y, puesto que la luz interior aún no ha empezado a brillar, este apartamiento del mundo exterior se experimenta como un oscurecimiento, una nox profunda. La mística cristiana aplica a este estado el ejemplo del grano de trigo que, para fructificar, debe quedarse solo en la tierra y morir. En varias ceremonias de iniciación se alude a esta muerte psíquica mediante un entierro simbólico, y algunas Órdenes religiosas cristianas practican un rito semejante en la ceremonia de profesión de los monjes.

En los misterios anteriores a la Era cristiana solía relacionarse la muerte del misto, o iniciado, con el sacrificio de un dios: igual que el dios, que fue muerto y despedazado, el misto devolvía sus miembros y sus facultades a la Naturaleza; las fuerzas del mundo inferior se repartían los elementos del alma empírica que no pertenecían al ser inmortal, y este «despedazamiento» se representaba plásticamente en ciertos casos. La muerte sacrificial del dios debe experimentarla el misto en sí mismo para reconocer, al fin, que el dios que, aparentemente, fue repartido en el mundo para comunicar su vida a la pluralidad de éste, en realidad no se ha confundido con el mundo, sino que sigue existiendo en sí mismo, entero y eterno. Así, tampoco el hombre reconoce su verdadera esencia inmutable hasta que abandona todo cuanto hay en él de corruptible, que no es sólo la carne, sino también el «alma» inmersa en la vida sensorial.

Al comienzo de la obra, la materia más preciosa que obtiene el alquimista es la ceniza que resta de la calcinación del metal ordinario. Con esta ceniza, que ha quedado exenta de toda humedad pasiva, podrá fijar el «espíritu» volátil.

El significado mitológico de Saturno responde a esta primera etapa de la obra, por cuanto Saturno-Cronos, que devora a sus propios hijos, es la divinidad que, por la acción del tiempo y de la muerte, hace volver todo lo temporal a su origen amorfo.

---La segunda etapa de la obra «menor» está presidida por Júpiter, cuyo signo consiste en la media luna descansando sobre el travesaño de la cruz, mientras que en el signo de Saturno la media luna está situada debajo del mástil de la cruz:
Así, pues, bajo el signo de Júpiter el alma se ha elevado del reino de la Tierra al que había vuelto y ha salido de la noche del caos original para desarrollar ahora su fuerza.
Respecto a la doctrina hindú de los movimientos primordiales de la materia, las gunas, podríamos decir que la fuerza psíquica –el mercurio– se liberaba de tamas y se unía con rajas; rajas, empero, encierra el significado de expansión y desarrollo, lo cual, en el caso anterior, significa que la fuerza espiritual ha salido de su estado de «cristalización» en la conciencia corporal y se ha convertido, de tierra, en agua y aire. Esto representa la sublimación.

Dice Morien: «El que sepa limpiar y blanquear el alma y elevarla habrá librado al cuerpo de tinieblas, negruras y malos olores... pues éste podrá hacer después que el alma vuelva al cuerpo, y a la hora de su reunión, se manifestarán grandes milagros...»

---En la tercera etapa, regida por la Luna, se consigue el color blanco. La media luna se ha elevado sobre la cruz de los elementos o movimientos primordiales, neutralizando su antagonismo.

Todas las potencias del alma latentes en el caos original se han desarrollado y han confluido en un estado de absoluta pureza. Es el final de la «solución», al que seguirá una nueva «cristalización».

Desde el punto de vista cristiano, este estado del alma representa simbólicamente a la santísima Virgen en su disposición para recibir al Verbo Divino, y a este respecto es significativo que se repre-sente a menudo a la Virgen con la media luna bajo sus plantas.

Bernardo Trevisano, en su libro de La palabra olvidada93, escribe acerca de la realización de la «obra menor»: «Te diré en verdad, y pongo a Dios por testigo, que cuando este mercurio estuvo sublimado apareció cubierto de un blanco tan puro como la nieve de las altas cumbres, con un brillo diáfano, y al destaparse el recipiente, se percibió un aroma tan dulce, que sería imposible encontrar en este mundo algo comparable. Pero yo, el que te habla, vi con mis propios ojos esa luz maravillosa, toqué con mis manos esa fina naturaleza cristalina, y sentí en mi olfato esa dulzura incomparable, y lloré de alegría y de asombro ante el prodigio. Sea, pues, alabado el Dios altísimo, eterno y glorioso que tan maravillosos dones ocultó en los secretos de la Naturaleza y que ha permitido contemplar a unos cuantos hombres. Yo sé que cuando tú conozcas las causas de esta maravilla, te preguntarás: ¿Qué naturaleza es esa que, aunque hecha de cosa corruptible, contiene algo verdaderamente celestial? Nadie puede explicar todos los milagros. Tal vez llegue el día en que te cuente cosas extraordinarias de esta naturaleza, que el Señor no me permite aún poner por escrito. De todos modos, cuando hayas sublimado ese mercurio, tómalo bien fresco, con toda su flor, que no envejezca, y entrégalo a sus padres el Sol y la Luna, pues de estas tres cosas, Sol, Luna y mercurio, nace nuestra mezcla...»
 
En los signos planetarios puede leerse que las tres etapas de la «obra menor» desarrollan un movimiento ascendente, pues al principio la media luna estaba debajo de la cruz; luego, unida a su travesaño y por último reina ella sola:
Por el contrario, las tres etapas de la «obra mayor» encierran un movimiento descendente, pues el Sol aparece primero encima de la cruz, debajo, y, finalmente, cuando todo ha sido devuelto a su origen, aparece solo.

Las tres primeras fases corresponden a la «espiritualización del cuerpo», y las tres últimas, a la «corporeización del espíritu» o «fijación de lo volátil». Así como la «obra menor» tiene por objeto restablecer la pureza y la receptividad originales del alma, el objeto de la «obra mayor» es la iluminación del alma por medio de la revelación en ella del espíritu. Este orden de las seis etapas puede aplicarse a toda clase de realización espiritual, pero nunca dejará de ser un esquema, pues ambos movimientos, la elevación del alma y el descenso del espíritu, nunca pueden separarse. La flor se abre por la acción del Sol, pero éste sólo es eficaz cuando la flor está dispuesta a recibir sus rayos.

---La cuarta etapa –primera de la «obra mayor»– está regida por Venus. En su signo, el Sol del oro y del espíritu, el azufre incombustible, aparece sobre el mástil de la cruz. El Sol engulle a la Luna, y su fuerza, que da forma, traza de nuevo la cruz de los elementos. Se dice en la Turba Philosophorum: «Al principio, la mujer se sube en el hombre, y al final, el hombre en la mujer.» Primero, la fuerza «volátil» del femenino mercurio se sube sobre el cuerpo sólido, cuya forma manifiesta pasivamente el azufre, pero después la fuerza fijadora del azufre se sube sobre el volátil mercurio y realiza una nueva cristalización, esta vez de manera activa, de la forma psiquicocorporal.

Pero esta «recreación» no está completa todavía, pues el sol espiritual apenas aparece en lo alto de la cruz y, por tanto, al referirse al cobre, el metal de Venus, los alquimistas dicen que se percibe en él la fuerza colorante del azufre, la esencia del oro, pero que aún es inconsistente y está embrutecida por el antagonismo de los elementos.

---La quinta etapa –segunda de la «obra mayor»– está regida por Marte. En su signo –ya hemos explicado por qué lo representamos de esta manera–, el Sol ocupa el lugar de la Luna en el signo de Saturno. Pero el significado de uno y otro signos, Saturno y Marte, es opuesto a pesar de que ambos representan una manera de muerte y extinción; sólo que en el «dominio» de Marte no se trata de un estado caótico sino, por el contrario, de un descenso activo del espíritu hasta las capas inferiores de la conciencia humana, de manera que el cuerpo mismo quede impregnado por completo del «azufre incombustible». Así como en el hierro, el metal de Marte, la fuerza fijadora del azufre está plenamente presente pero aún no puede manifestarse su brillo, en esta etapa de la obra, el espíritu aparece sumergido en el cuerpo y fundido con él. Es el comienzo de la «cristalización» y el umbral de la culminación definitiva, la conversión del cuerpo en espíritu hecho forma.

El significado más sublime que tiene el signo de Marte y que escapa, con mucho, al ámbito de la alquimia, es la «Encarnación del Verbo» que, en cierto modo, lleva consigo una degradación de la divinidad, al aparecer como una luz en las tinieblas del mundo. De todos modos, la realización alquímica no puede ser sino un lejano trasunto de esto.

Artefio escribe: «...Las naturalezas se transmutan recíprocamente, pues el cuerpo se integra en el espíritu y éste convierte al cuerpo en un espíritu colorado [cualitativo] y blanco [puro]... lo cuece [al cuerpo] en nuestra agua blanca [es decir, en mercurio], hasta que se disuelve y ennegrece. Una larga cocción le hace perder luego su negrura y, finalmente, el cuerpo disuelto se eleva con el alma blanca, se mezcla con ella, y ambos quedan tan estrechamente abrazados, que nunca más pueden separarse. Y entonces el espíritu se une al cuerpo en verdadera armonía, y ambos forman una cosa inmutable. Esto es la disolución del cuerpo y la fijación del espíritu, y ambas representan una misma obra.»

---La culminación de la «obra mayor» se expresa por medio del signo del Sol. Éste se distingue de la órbita solar, parte integrante de otros signos planetarios, en que en ella se indica el punto central. Por consiguiente, aquello que en todas las demás fases estaba presente de modo elemental y en potencia, aquí se hace evidente: en la forma completa y definitiva, el contenido infinito está presente de modo invisible-visible.

El mismo signo recuerda también la semilla en el fruto y el germen en el seno materno, en armonía con el simbolismo genético de la obra alquímica.

Esta etapa de la obra marca, al mismo tiempo, la obtención del color rojo del que Nicolás Flamel, en su explicación de las «figuras jeroglíficas», dice: «Sobre un campo morado, un hombre rojo púrpura sostiene la pata de un león color grana con alas que parece raptar al hombre: el campo morado significa que la piedra, por efecto de la larga cocción, ha tomado los hermosos mantos anaranjados y rojos y que su perfecta asimilación –representada por el color anaranjado–le ha permitido despojarse de su antiguo ropaje naranja. El rojo lacre del león alado, que se parece al puro escarlata de la granada madura, indica que está completa y uniformemente logrado. Es como un león que devora toda la naturaleza pura y metálica y la convierte en su propia sustancia, es decir, en oro puro y verdadero, más fijo que el de las mejores minas.
»Por eso se lleva al hombre de este valle de lágrimas, es decir, de las tribulaciones de la
pobreza y la enfermedad, levantándolo con sus alas sobre las pútridas aguas de Egipto –que son los pensamientos ordinarios de los mortales–, para que desprecie la vida terrenal, con todas sus riquezas, y medite noche y día sobre Dios y sus santos, suspire por el empíreo y anhele apagar su sed en las dulces fuentes de la eterna esperanza.
»Alabado sea Dios por siempre, que nos ha otorgado la gracia de contemplar este hermoso y
perfecto color púrpura, el color de la flor de adormidera de los campos y las peñas, el centelleante y flamígero color de Tiro que no cambia ni se altera, sobre el que ni el mismo cielo, con su Zodíaco, puede ejercer fuerza o poder, y cuyo deslumbrante fulgor parece querer comunicar algo supercelestial al hombre que, al mirarlo y reconocerlo, se asombra, tiembla y se estremece...»

En un escrito de Basilio Valentino se encuentra una representación del andrógino, que simboliza la culminación de la obra alquímica, con los signos de los siete planetas situados, los tres del Sol, en su lado masculino, y los tres de la Luna, en el femenino, mientras que el signo andrógino de Mercurio forma el eslabón entre ambas series. Esto determina el siguiente esquema, en el que pueden apreciarse de nuevo las etapas de las obras «menor» y «mayor»:

(signos ordenados de la siguiente manera:

-----------------------------------mercurio
-----------------------luna-------------------------sol 
----------------------júpiter---------------------Marte
----------------------saturno-------------------Venus )

En cierto modo –y dejando aparte el significado astrológico de los signos–, pueden
considerarse activos los signos de la derecha y pasivos los de la izquierda, ya que la «obra menor» representa la disposición del alma, y la «obra mayor», la revelación espiritual. Sin embargo, para ver la relación entre los signos tomados por parejas hay que observar que su ordenación es en sentido inverso, de acuerdo con la ascensión de la Luna y el descenso del Sol en el curso de la obra.
Si observamos ambos movimientos en paralelo, los signos deberán ordenarse así:

(---------------------------mercurio
---------------luna-----------------sol
--------------júpiter--------------venus
-------------saturno--------------marte)



De este modo, puede verse claramente que cada aspecto activo responde a un aspecto pasivo: Saturno designa un descenso pasivo, Marte un descenso activo; el primer signo expresa la extinción del alma individual; el segundo, el triunfo del espíritu. En la etapa siguiente, Júpiter corresponde a un desarrollo de la receptividad espiritual, y Venus, en cambio, al alba del sol interior. Luna y Sol representan los dos polos en toda su pureza, y Mercurio es, en sí, portador de ambas esencias.

 


"Alquimia y Astrología", Ariell Chris y Laura Morandini

 

 

Una vez que el alquimista se encuentra frente a su athanor en posesión de la Prima Materia comienza a trabajar en lo que la filosofía Hermética ha dado en llamar “el Opus Mágnum” la gran obra, la cual se compone de tres etapas diferenciadas simbolizadas en la alquimia medieval por un dragón de tres cabezas, la primera negra, la segunda blanca y la tercera roja. 
Estas etapas corresponden a la Nigredo o etapa de Saturno, también simbolizada por un cuervo negro; la Albedo etapa de la Luna y simbolizada por una paloma blanca y la Rubedo correspondiente al Sol y que tenía por símbolo al León rojo. 


NIGREDO: putrefactio, corresponde al color negro dentro de la labor alquímica, al planeta Saturno, a la muerte de Osiris, a los Arcanos XIII y XVIII. Es el encuentro con la Sombra y el Mal en sus múltiples formas de dolor, duelo, separaciones, enfermedad, prisión y pobreza. Cuando el hombre necesita un cambio profundo en su vida entra en un proceso de NIGREDO. Por lo tanto en esta etapa el buscador se enfrenta a sus karmas personales más densos, pesados y antiguos. Solamente a través de su encuentro, reconocimiento y aceptación es que podrá comenzar una labor de purificación sobre la prima materia. Psicológicamente está referido al reconocimiento e integración de la Sombra en la psique, hacer conciente lo inconsciente, traer luz a partir de las sombras. 
El trabajo sobre la Nigredo no se realiza a libre voluntad espacio-temporal, sino que estará determinado por los ciclos de Saturno sobre sí mismo (ciclos de 7 años ) o por los tránsitos de Saturno sobre los planetas natales. Así el Alquimista no apresuraba su trabajo y esperaba el momento cósmicamente adecuado – que él llamaba Kairòs- para comenzar el Opus Mágnum (La Gran Obra Alquímica) 

 


ALBEDO: también llamada la fase Lunar de Isis. Su color, el blanco, es producto de la purificación de la prima materia a través de la NIGREDO. La razón de este mecanismo es la de despertar conciencia. Este sendero incluye la fusión del rey y la reina, lo masculino y lo femenino, el Sol y la Luna, el Azufre como elemento activo masculino y el Mercurio acuático como elemento pasivo femenino. Es la llamada CONIUNCTIO, por la cual se logra la unión de los opuestos, transformando a la mujer en un ser autosuficiente y al hombre racional, en sensible; ya no buscando a la pareja para lograr la plenitud, sino como un complemento, pues la totalidad se ha conquistado internamente. 
Es la Sal como elemento químico que permite fusionar las polaridades, gracias a su cualidad neutral. 
En esta etapa, la SOROR MYSTIQUE, compañera del Alquimista se transforma en una herramienta fundamental para su crecimiento y ya no es un receptáculo pasivo que sirve a su proyección Anima. Esta etapa tampoco es fácil de lograr, pero el destino brinda da la oportunidad de realizarlo 2 o 3 veces en una vida. Este proceso ocurre en el cielo cuando se da la unión de el SOL y la LUNA, en el novilunio o luna nueva, cuando en el cielo nocturno notamos la ausencia de esta luminaria, reina la oscuridad absoluta, la conjunción Sol- Luna se realiza bajo tierra, bajo el horizonte. A nivel psicológico esto significa que este proceso ocurre internamente, es invisible. Sucede en el inconsciente. Estos novilunios o retornos de la conjunción, dentro de la carta progresada ocurren a lo máximo tres veces, cada treinta años. En la vida de las personas cuando se da el novilunio es un cambio completo en la dirección de la existencia, el final de un estilo de vida y se analiza dependiendo del grado en que se ubique esa conjunción en relación al resto de los planetas de la carta natal y los aspectos que realice con ellos . 

 


LA RUBEDO: la tercera etapa, es la RUBEDO. Corresponde al Sol, al color Rojo y a Horus. Una vez que se ha logrado la integración de la Sombra, Animus/Anima, positivo/negativo, Sol/Luna, luz/sombra, en la RUBEDO se procesa la fusión del Yo con la Divinidad. Es la búsqueda de Buda, Cristo o para cualquier persona que se encuentre en el sendero, es fusionar su Ego con el cosmos. El retorno a la fuente original. Entendido de forma esotérica, el mensaje de Dios para nosotros es la estrella SIRIUS, que se encuentra a 13M de Cáncer y es la estrella Madre/hermana de nuestro Sol, es una voluntad superior al de nuestro Sol. Llamada “la estrella del can”, deidad fundamental para los sacerdotes Egipcios – que la llamaban Sothys- pues a partir de su posición longitudinal comenzaba su zodiaco, las construcciones de sus pirámides y templos. 
El alma a medida que va peregrinando y evolucionando, se encuentra encerrada en la escuela de nuestro sistema solar a través de los templos planetarios. Cuando trascendemos la esfera de Saturno y llegamos a Urano, Neptuno y Plutón el hombre entra en una etapa preparatoria hacia un nivel de evolución superior, liberándose gradualmente de las leyes solares y llegando a la conciencia estelar, a la sexta dimensión. La Gran Obra se concluye cuando se alcanza la RUBEDO; la prima materia se ha transformado en el Lapis Philosoforum o Piedra Filosofal que otorgaba al alquimista la energía, el poder de transmutar el plomo en oro, la inmortalidad y el elixir de la vida. 

El hermetista que iniciaba la búsqueda de la piedra filosofal solamente para enriquecerse terminaba en la máxima pobreza porque trabajaba únicamente con fines egoístas, su energía estaba enfocada en el poder y el oro material. La alquimia no es para lograr cualquier oro sino el oro interior; deseando este oro interno, como decía Salomón, se pide sabiduría y el resto llegará por añadidura. Todo se reducía a una única meta, la ruptura de la rueda de reencarnaciones -Samsara- trascender a Saturno, sus obligaciones Kármicas y no necesitar más la experiencia física-material como instrumento de evolución. 

El Opus Alchimicum comenzaba con una frase: “Orum Nostrum non est Orum Vulgi” , es decir que el oro del Alquimista no era el oro vulgar, aclarando que el oro que se busca no es la moneda sino la realización personal espiritual. Dentro de este camino el alquimista buscaba desesperadamente la figura y aceptación de SOFIA, Diosa de la sabiduría manifestada a nivel arquetipal con el arcano II del Tarot. Esa es la verdadera guía del alquimista. 

Si utilizamos las imágenes de los Arcanos Mayores del Tarot, podemos comprender por qué el arcano 0 –la no existencia- ejemplifica al LOCO, que dentro de la filosofía hermética es alguien ignorante, no conciente de si mismo e impulsado por instintos animales. Cuando el hombre decide dejar de ser el LOCO pasa por el “portal” hacia el arcano I el MAGO, llamado THOT que era el Dios egipcio equivalente a HERMES, intermediario de otros Dioses pero además el Dios que regía la iniciación y la alquimia. Cuando se toma contacto con el arcano I, el MAGO, representa a el alquimista, el hombre dispuesto a transformarse, cambiar, iniciarse. Luego siguen 20 arcanos más de experiencia pues la senda es larga. El arcano I tiene en su mesa los elementos que corresponde a las 4 vías: CALCINATIO - Varas (vía del fuego), SOLUTIO - Copas (vía del agua), SUBLIMATIO - Espadas (vía del aire) y COAGULATIO Monedas (vía de la tierra), dispuestas sobre su mesa con la espada que además es el símbolo para los iniciados equivalente a la varita mágica, que se entrega al hombre como símbolo del poder iniciatico adquirido. No se puede dar poder con la espada a un ignorante. La espada o varita intenta conectar al MAGO con el cielo, su Ego con el Si mismo, Dios o Ser Superior. 


"Jung y la Alquimia"http://www.prodiversitas.bioetica.org

 

 

La Nigredo

 
La primera de las etapas del "Opus" alquimista, "Nigredo" o Putrefacción, es la fase de Saturno-Osiris, la del plomo, la inmersión en la materia prima que, mediante una serie de operaciones, se transformará en "Oro Filosofal" y en "Philium" o "Lapis Philosophorum" en la última etapa, la "Rubedo", tras las combinaciones correspondientes entre el "Azufre", el "Mercurio" y la "Sal".

 
Para Jung esta primera fase corresponde a la integración del aspecto "oscuro" de la psique humana, esto es, de todas aquellas emociones, intuiciones, percepciones y pensamientos que se han rechazado a lo largo de la vida por considerarlos 
inapropiados o defectos indeseables en el vivir del día a día con sus actividades cotidianas (el mundo pragmático que el Yo se ha montado en torno a sí). Esto supone un sumergirse en el inconsciente personal y ser consciente de la multitud de proyecciones que se encuentran desparramadas en personas de nuestro alrededor y en objetos de nuestro entorno, las cuales se corresponden con lo que el Yo ha marginado o rechazado por no creeerlo conveniente para él.
Por otro lado esta fase supone un mirar, cara a cara, al aspecto sombrío de la Creación, de Dios mismo incluso..., es decir, el Mal, con mayúsculas. Luz y Oscuridad forman parte de la existencia en todos sus ámbitos, y también -a los ojos humanos- de Dios. La Alquimia fue como una corriente "subterránea" y complementaria al cristianismo dogmático medieval y renacentista, y oponía al Dios del Bien otro Dios "dúplex", como el Abraxas gnóstico, en el que Bien y Mal confluían..

 


La Albedo


El siguiente paso es la integración consciente y responsable del arquetipo de "lo opuesto", es decir, del "Eterno Femenino" en el caso del hombre (arquetipo del "Anima") y del "Eterno Masculino" en el caso de la mujer (arquetipo del "Animus"). En la literatura, por ejemplo, la Beatriz de Dante en La Divina Comedia, sería un ejemplo clásico de esta figura arquetípica que es el "Anima".
El ser humano, tanto física como psíquicamente, es un conglomerado de opuestos. En nuestros genes hay elementos masculinos y femeninos, y otro tanto acontece en el psiquismo. Para el hombre el "Anima" se encuentra inicialmente sumergida en el inconsciente personal, confundida y entremezclada con la "Sombra", pero una vez que ésta ha sido integrada, se transforma el "Anima" en un "puente" que nos enlaza con lo psicoideo, con el inconsciente colectivo y sus arquetipos. Es el elemento mediador. Ahora bien, como señala M.L. von Franz, "naturalmente, durante este período prosigue también el lavado, la calcinación, etc, de la "nigredo", pues la "Sombra" se asemeja a la hidra de Lerma, con la que luchó Hércules y a la que nacían constantemente nuevas cabezas en lugar de las cortadas" ("C.J.Jung...").
En el plano psicológico durante la "Albedo" se parte de la labor de retirar las proyecciones que el arquetipo del "Anima" (estoy hablando para hombres, en este caso) emana hacia las mujeres de nuestra vida, desde la madre a la hermana, a las novias, a la esposa, a la "star system"..., etc. Y una vez lograda esta fase inicial llega el momento de encararse con el "Anima" e integrarla conscientemente dentro de nuestro ser, previa superación del problema de la transferencia para lo cual habrá que tener bien presente que la "Amada" donde se encuentra realmente es dentro; tema que Jung abordó principalmente en "Psicología de la Transferencia" en donde habla igualmente del papel que desempeñaba la "Soror Mystique" del alquimista.
En una relación amorosa o erótica entre hombre y mujer las relaciones interpersonales son múltiples puesto que además de la relación entre los Yoes conscientes, existe una comunicación a nivel inconsciente en la que participan entrecruzadamente el Anima y el Animus de ambos. De ahí que, en el Proceso de Individuación y en el Opus de la Alquimia, uno de los graves peligros existentes sea el de la transferencia o, lo que es peor, la pasión amorosa.
La imagen de este encuentro y diálogo con el Anima es la "coniunctio", la hierogamia entre el alquimista y su "Soror Mystique", entre el Rey y la Reina de los grabados alquimistas, la "boda química de los elementos", etc. Y lo que surge de ello es el Rebis, la "cosa doble", el Andrógino. "De ella surgirá el hijo divino de los filósofos, el sol terrestre, 
el centro luminoso y oscuro a la vez, el astro radiante que reconcilia en sí al Cielo y a la Tierra, el sí y el no, y que esparce a su alrededor una paz y una armonía venidas de fuera", poetiza el junguiano Etienne Perrot en El camino de la transformación a partir de C.G. Jung y la Alquimia (Edicomunicación), libro en el que Perrot intenta conciliar la tesis junguiana alquimista con la de la Tradición esotérica. Este simbolismo es equiparable al que presenta el tantrismo, en el que las dos corrientes energéticas opuestas se entrecruzan en el canal central, Sushuma, abriendo los chakras ("centros de conciencia" los denonima Jung en el libro de Miguel Serrano El Círculo Hermético. Cartas de dos amistades, Jung y Hermann Hesse, Kier), mientras el semen del hombre no fluye hacia afuera, sino hacia adentro, generando un "hijo del espíritu", como también se describe en "El Secreto de La Flor de Oro".
Veamos lo que dice M.L.von Franz, en "C.G.Jung...", al respecto: "Los participantes en la "boda alquímica" son descritos casi siempre como hermano y hermana, madre e hijo o padre e hija. Su unión constituye pues un incesto. Este aspecto incestuoso de tal constelación amorosa tiene como fin el de que hagamos consciente la proyección, es decir: nos obliga a darnos cuenta de que, en último término, se trata de una íntima unión de los componentes de nuestra propia personalidad, de un "desposorio espiritual", a fin de que sea una vivencia interior no proyectada. A lo que se alude es a una unificación de los contrarios internos en el Sí-Mismo".

 


La Rubedo


La última etapa de la Alquimia es la "Rubedo" o "Citrinitas", la Obra en Rojo o Dorado, donde se alcanza el "cuerpo de diamante".
En la hermenéutica junguiana la "Rubedo" es el logro de la "Totalidad", es decir, el encuentro y acogimiento mútuo entre el Yo de nuestro ser consciente (que ha buscado tal "coniunctio"), con el Sí-Mismo o YO de nuestro SER total, del cual formaba parte (aunque sin saberlo) el Yo. Es una nueva "coniunctio", en la que todos los opuestos se juntan y complementan armónicamente y se conectan directamente con el "Unus Mundus", y como tal estado es inefable, indescriptible, constituye un Misterio, de ahí que la obra alquimista más importante de Jung se titule Mysterium Coniunctionis. Este Sí-Mismo es la "chispa divina" de la que hablaba Eckhart, el Antrophos de la Gnosis, el "dios interior" de la mística, el "Mercurio Filosofal" que reune consigo los aparentemente más irreconciliables opuestos, de ahí que los alquimistas le designaran con múltiples cualidades contrarias, y en algunos textos le designaran, sin más rodeos, con Dios mismo, pero un dios "duplex". Otro de los nombres alquimistas que tuvo fue "Lapis Philosophorum"
"He llamado al centro del Ser con el nombre de Sí-Mismo. Intelectualmente el Sí-Mismo no es más que un concepto psicológico, un término que sirve para expresar la esencia incognoscible que podemos captar como tal, puesto que excede, por definición, a nuestras facultades de comprensión. "Dios en nosotros", se le podría también llamar", afirmaba Jung en El yo y el inconsciente.
Antes de alcanzar el plano del Sí-Mismo, Jung sitúa en el camino del Proceso de Individuación la integración de los arquetipos del "Niño Eterno" y del "Viejo Sabio", expresados igualmente en numerosas figuras alquimistas. "Se alcanza el segundo escalón al combinarse la "unio mentalis", esto es, la unidad del espíritu y alma, con el cuerpo. Pero sólo puede esperarse un cumplimiento del "mysterium coniunctionis" si se ha combinado la unidad del espíritu, alma y cuerpo con el "Unus Mundus" del comienzo", manifestaría Jung en el segundo volumen de su libro Myterium Coniunctionis.
Más tarde, en una carta escrita a sus 82 años, en 1957, escribiría: "La transcripción de la "coniunctio" en palabras humanas es una tarea que puede conducir a la duda, pues uno se ve obligado a encontrar expresiones y fórmulas para un proceso que tiene lugar "in Mercurio" y no en el nivel del pensamiento y del lenguaje humanos, esto es, no en la esfera de la conciencia diferenciadora... El camino no conduce en línea recta hacia adelante, por ejemplo, desde la Tierra hacia el Cielo, o de la materia al espíritu; se trata más bien de una "circumambulatio" y de un acercamiento al centro. No avanzamos dejando atrás una parte, sino cumpliendo con nuestra tarea como "mixta composita", esto es, como seres humanos entre los opuestos". Este camino, si lo tuvieramos que representar gráficamente, sería una espiral.


"C.G. Jung, su vida, su obra", Revista Alcione

 

 

Nigredo: la materia prima es pulverizada, calcinada, disuelta, fundida. La nigredo tiene su paralelo en el proceso de individuación, en el encuentro con la sombra. Todo lo que se había criticado en los demás, se presenta en los sueños, como parte del propio modo de ser. Las ilusiones que uno tenía de uno mismo y del mundo, se desvanecen. Se le arrebata al yo su omnipotencia y se ve enfrentado al poderoso inconsciente.

Este estado puede ser muy duradero, porque deben hacerse conscientes todas las oscuridades y todas las personalidades parciales autónomas, (complejos autónomos) que deben ser reconocidos y moralmente dominados.

 


Albedo: Aquí corresponde la integración del componente íntimo, propio, correspondiente al sexo contrario, el ánimus en la mujer y el ánima en el hombre.

Durante esta segunda etapa continúa la del Nigredo, porque la sombra es como la hidra de siete cabezas , las cuales renacen después de haber sido cortadas.

Albedo es una operación menos violenta que el Nigredo, pero en ella es de honda sabiduría mantener el fuego que no queme o destruya y a la vez que no enfríe el proceso. Psicológicamente, se refiere a la transferencia entre paciente y médico o a una gran pasión amorosa fuera del tratamiento. En el simbolismo alquimista, el problema es proyectado como "boda mística "de los elementos y expresado en múltiples variantes.

Una gran relación amorosa es advertida como proyección del ánimus o ánima, respectivamente, sobre otra persona y con ella frecuentemente se produce una relación basada en una común inconsciencia donde están todas las contradicciones presentes.

En una relación amorosa, existen siempre cuatro figuras: el hombre y su ánima y la mujer y su ánimus. En estos cuatro elementos se dan todos los innumerables fenómenos posibles de rechazo y de atracción. Este hecho nos obliga a dar nuestra atención a la psique inconsciente. Para los alquimistas es más fácil que para nosotros, porque ellos intentaban obtener la piedra filosofal mediante la boda alquimista en la retorta. Nosotros debemos realizarla en nosotros mismos y esto nos afecta muy profundamente

Los participantes de la" boda alquímica", son descritos como hermano y hermana, madre e hijo, etc. Su unión es un incesto, este aspecto tiene la finalidad de hacernos conscientes la proyección. Nos obliga a darnos cuenta de que en último término, se trata de una íntima unión de los componentes de nuestra propia personalidad, de un "desposorio espiritual" como vivencia interior no proyectada. Alude a la unificación de los contrarios en el Sí mismo. Después de la etapa de Albedo sigue:

 


Rubedo y citrinitas (enrojecimiento y color dorado). El trabajo está concluido, es abierta la retorta y la "piedra filosofal" comienza a irradiar una acción cósmica curadora.

La Piedra Filosofal: En los textos más antiguos de la alquimia, se reitera el tema de la piedra filosofal "por Dios donada y que puede transformar todos los metales en oro", y que según algunos, está oculta en el cuerpo humano y ha de ser extraída del mismo. La piedra constituye un símbolo de lo eterno, lo que da fuerza vital. Es el misterio de Dios en la materia y se llama también "piedra que posee un espíritu o un alma: Pneuma".

Algunos maestros intuían que se trataba de un desarrollo a través de la meditación, del propio hombre "interior" que se reflejaría también en el exterior. La piedra alquimista es también identificada con Mercurio y como figura divina y tripartita del Anthropos, es el cuerpo de la resurrección, que es tanto espiritual como somático y de tal sutileza que puede penetrarlo todo.


Fases del Proceso Alquímico, http://holomoviment.blogspot.com/

 

Una vez que el alquimista se encuentra frente a su athanor ( Thanos, Thanatos= muerte, Athanor, A- Thanos =Inmortal ) en posesión de la Prima Materia comienza a trabajar en lo que la filosofía Hermética ha dado en llamar "el Opus Mágnum" la gran obra, la cual se compone de tres etapas diferenciadas simbolizadas en la alquimia medieval por un dragón de tres cabezas, la primera negra, la segunda blanca y la tercera roja. Estas etapas corresponden a la Nigredo o etapa de Saturno, también simbolizada por un cuervo negro; la Albedo etapa de la Luna y simbolizada por una paloma blanca y la Rubedo correspondiente al Sol y que tenía por símbolo al León rojo. 

 

NIGREDO: putrefactio, corresponde al color negro dentro de la labor alquímica, al planeta Saturno, a la muerte de Osiris, a los Arcanos XIII y XVIII. En el estudiante se despierta lo que se llama el Prerecuerdo del Oro Anterior: el último vestigio del poder celeste en toda materia que comienza a insinuarse. Y esta luminosa vaguedad hace que el estudiante advierta de forma vívida el triste estado en el que se encuentra el homo sapiens; una criatura de origen celeste reducida a poco más que un autómata sonámbulo, una especie de marioneta insectívora. Siente que ya no hay nada de los mundos inferiores (donde habitamos) que le atraiga, que le haga palpitar…No se siente de este mundo y ya no se alimenta de él. Esta fase se caracteriza por una reacción de rechazo, análisis, desilusión...


ALBEDO: también llamada la fase Lunar de Isis. Su color, el blanco, es producto de la purificación de la prima materia a través de la NIGREDO. La razón de este mecanismo es la de despertar la radiación consciente de la materia prima. Este sendero incluye la fusión del rey y la reina, el Sol y la Luna, el Azufre como elemento activo y el Mercurio acuático como elemento pasivo. Es la llamada CONIUNCTIO, por la cual se logra la unión de los opuestos, y se equilibran las fuerzas de atracción y repulsión. Es la Sal como elemento químico que permite fusionar las polaridades, gracias a su cualidad neutral. En esta fase se serena el “cielo” del athanor de las nubes psíquicas. Aquí observamos un proceso contrario al de la electrólisis, se trata de la ELECTROSÍNTESIS.
Y aquí comienza a tener un papel muy preponderante la luz solar. Una pista de este papel está en la función de las moléculas de ATP en la fotosíntesis.


LA RUBEDO: la tercera etapa, es la RUBEDO. Corresponde al Sol, al color Rojo y a Horus. Una vez que se ha logrado la purificación y la electrosíntesis, en la RUBEDO se procesa la fusión con el Yo Solar mediante lo que los orientales denominan antakarana.
En la RUBEDO, la prima materia se ha transfigurado en el Lapis Philosoforum o Piedra Filosofal que otorgaba al alquimista la capacidad de tejer los niveles exteriores de la realidad y la entrada a los misterios superiores…